sábado, 8 de octubre de 2011

El último día en el pueblo.

Introduzco mi mano en una bolsa negra: y cierro los ojos. Los abro. Es una mañana de lluvia tierna que al caer sobre el techo de zinc arrulla el espacio. Rayos de sol, que se cuelan entre las nubes, llegan a mi memoria y evoco esos dulces recuerdos del lugar bendito donde me crié, de ese pueblito que nunca olvidé pero que nunca recuerdo.

Me asomo al frente de mi casa. Me encuentro con el color de la tierra mojada y el río, que con sus aguas color panela, pasa apresurado y arrastrando pedazos de madera. Estoy de vuelta al castillo del cielo azul, ahora tengo cuatro años.

Vivo allí por el trabajo de mi madre que es profesora, y mi padre, que con su familia trabajan en las minas de oro que abundan en la región.

Agarro mi bicicleta y salgo a dar un vistazo, todo está igual. Es un pueblo aislado por el río cauca, al que solo puede entrarse en una de esas canoas con motor. Allí no es común ver un carro, por lo que no es peligroso que ande en bicicleta. Salgo por la calle principal, que como todas las del pueblo es un camino destapado y de piedras, donde las casas hechas de material, madera y caña flecha se intercalan unas con otras.

Después de varias cuadras y caras conocidas, llego a una casa singular, situada en medio de grandes y hermosas plantas de flores que aromatizan su entrada. En el interior, una señora con el pelo blanco y de avanzada edad, me hace una cordial bienvenida. Es mi bisabuela.

Sobre el patio reposan las aguas de una laguna a la que llegan todo tipo de pájaros. Entre ellos el cazador de niños, el que le saca los ojos a picotazos para luego devorarlos. Con la curiosidad de ver un pequeño poni, tipo de caballo que no es común ver en el pueblo, me arriesgo a ser agredido por el temido Chavarri.

Mientras todos trabajan, yo me paso la mañana sumido en el mundo fantástico de la infancia, el juego. Ya casi es medio día y regreso a mi casa para alistarme para ir a mi clase. Estoy en preescolar y mi profesora no es otra que mi madre.

El salón de clases, es uno de los dos salones que se encuentran separados del colegio. Allí solo se enseña a niños de preescolar, y sus paredes, pintadas con arcoíris y la imagen de pinocho, es el entretenimiento de la mayoría de la clase.

Suena el timbre. Terminaron las clases. Salgo del salón y lo primero que veo son unas maletas que auguran un inmediato viaje. Todo está listo, nos vamos ese mismo día. Mientras caminamos hacia el puerto, regreso mi mirada y veo atrás aquella niña, Juliana, una amiga de clases. Dicen que en la infancia todos tienen un primer amor, pues allí se quedaba, observando y con la mirada perdiéndose sobre el infinito. Mi primer amor era mucho más que eso. Era el pueblo entero. Ese lugar mágico e incomprensible, aislado de las ciudades, de las civilizaciones.

Todo se reduce en la última mirada. Esa fue la última vez que vi el pequeño pueblo. Ahora todo es borroso. Tal vez haya cambiado, y ahora sea un pueblo inmerso en las dinámicas del comercio del capitalismo, uno más de Colombia, con problemas de violencia y seguridad. Quizá siempre lo fue y nunca me di cuenta. Ya no lo recuerdo.

Cómo recordarlo si la última vez que lo vi, tenía cuatro años. Solo ahora, a mi llega la imagen de aquella niña, inocente y con su linda cara, en la cual, en sus orejas, traía colgando un par de aretes con pequeñas bolitas rosadas.

Saco la mano de la bolsa negra, con una sensación de nostalgia, tras creer que había tocado los pendientes, que fueron lo último que vi de aquel mundo de ensueños que duró muy poco.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Lamento de un estigmatizado.

Desde lo más bajo de las alturas. Yo soy aquel que ha sido destinado por la historia a ser el enemigo del ser humano. Ese ser considerado despreciable, que habita en lugares recónditos, fríos y oscuros. A veces en selvas, también en desiertos, vivo en árboles, en la tierra y a la vez soy acuático.

En el reino animal hay reyes, símbolos de paz, otros provocan ternura, y algunos representan la vida. Yo sin embargo soy el más cercano al inframundo, incluso suelo ser asociado al jefe de las tinieblas.

Las culturas humanas, en las que fui venerado de forma metafísica, son denominadas mundanas. Desde el punto de vista religioso ortodoxo, siempre soy el actor antagónico.

Ataco en defensa propia, aunque muchos mueren por mi causa. Le temo al ser humano y el ser humano me teme. Un encuentro entre ambos es el fin de alguno, sin atención rápida cuando actúo la muerte le espera al hombre y cuando caigo en sus redes, la condena es mi cabeza.

Soy un arrastrado. Acusado de entregar el fruto prohibido a la mujer que con sus encantos sedujo al primer hombre. Castigado con vehemencia y condenado por la eternidad vivo marginado y aislado del resto de los seres vivos.

No soy muy diferente al resto de animales salvajes. Vivo del instinto y ese es mi mecanismo de defensa. Tengo mucho veneno, y con veneno he sido aislado.

sábado, 6 de agosto de 2011

Complejidades del ser

Debo reconocerlo. Nunca me he interesado por conocerme a mí mismo, ni explorar y desentrañar ese aspecto abstracto que define mi existencia. Siempre que lo intento me encuentro con un sinfín de inefables e inacabables pensamientos que al final me indican, que la esencia de lo que soy, radica en lo que soy, lo que soy y no creo que soy, lo que no soy y creo que soy.

¿Pero quién soy? No. Aún no lo comprendo.

Tal vez esa persona multidimensional que posee valores previamente instaurados por un sistema social, que entraña desde su matriz histórico-cultural unos parámetros que inexorablemente me han sido designados desde mucho antes de nacer. Parámetros que he de cargar a donde quiera que vaya como si estuvieran atados en alguna parte de mi cuerpo. Parámetros que por más que trate no logro despojar de mí. Parámetros que mecanizan mi existencia y me hacen sumiso de un mundo que se equipara al de matrix y me convierte en un simple producto predecible, donde hago lo que debo hacer, pienso solo lo que debo pensar. Ese mundo en el que todos parecen conformes, del que muchos reniegan y maldicen. Pero del que nadie quiere salir.

En ocasiones trato de hacerlo. Salir de ese mundo prediseñado y figurar desde un mar de pictóricas y fantásticas utopías, un nuevo mundo. Un mundo de mi mundo donde puedo encontrar esa paz y conformidad que difícilmente puede encontrarse en la realidad cruda y espesa, donde la base principal de sobrevivencia es la competencia desmesurada.

A veces, gran parte del día lo paso taciturno, un poco meditabundo quizás. Rodeado del bullicio natural de la ciudad que no logra perturbarme en lo absoluto. Son días en los que las palabras son borradas de forma inexplicable de mi mente. Son momentos en los que el carácter social deja de ser parte de mi naturaleza humana, en los que no conozco a nadie y nadie me conoce, en los que por más que trate de entablar una conversación, no hay tema, ni motivo, ni palabras que me lo permitan. Son instantes de aislamiento, podría decirse. O instantes de reencuentro prefiero llamarlo, pues es en estos momentos que interactúo conmigo mismo. Es entonces cuando descubro que soy todo y a la vez nada.

Otros días, soy el amigo de todos. Los conozco a todos y todos me conocen. No paro de hablar y por más que trato no lo logro. Son días de sociabilidad, de integración y de compartimiento, que me permiten conocer en cierta medida a quien se encuentra en enfrente de mí.

Por lo general suelo verme como una persona fría, que no le da importancia a las emociones. Que no cree en ellas. No le temo a la soledad, incluso en ocasiones suelo disfrutarla. Pero hay momentos en los que me rodea un sentimiento emocional que desvirtúa esa frialdad por la que aparento definirme. Hoy me enamoro de una muchacha, mañana de otra, después de ninguna y al final me conformo con apreciar la belleza natural de la mujer.

No tengo ideología política, ni me identifico con algún tipo de partido. Solo pienso, sin atadura política que me condicione el pensamiento.

Otras veces me fundamento en la ataraxia. Vivo de forma tranquila, dejando simplemente que el mundo siga su transcurso natural y aceptándolo tal y como es.